Van a pintar la Iglesia... ¿Qué?

Por Nathan Cedarland

Amo a la Iglesia de Jesús, y no deseo criticarla ni provocar conflictos entre mis hermanos y hermanas. En mis primeros años de plantación de iglesias, ciertamente carecía de conciencia de cuán crítico me había vuelto de otras iglesias y líderes. Estoy agradecido de que Dios, en su amabilidad, me haya hecho mucho más consciente de ese pecado y me haya dado la gracia de apartarme del mismo.

Esto, sin embargo, no significa que dentro de la prioridad de la armonía y la unidad en el Cuerpo de Cristo no haya un lugar para que el hierro afile al hierro. Esta crítica saludable siempre debe llevarse a cabo con humildad y amor, y después de un estudio en oración de las Escrituras relacionadas con los puntos de desacuerdo.

Esa es mi advertencia antes de entrar en una crítica de algunas palabras y conceptos comunes usados entre muchos en la Iglesia hoy en día. Mi objetivo al escribir esto no es comenzar una pelea o mostrar que he llegado a un nivel más alto de espiritualidad. Más bien espero estimular un diálogo saludable y una reflexión bíblica más profunda con respecto a nuestra comprensión de ciertas palabras.

Los términos que usamos para hablar de nuestra vida en la familia de Dios y las definiciones que damos a esos términos tienen consecuencias.

Así como nuestra teología importa y afecta nuestra práctica, también los términos que usamos para hablar de nuestra vida en la familia de Dios y las definiciones que damos a esos términos tienen consecuencias (Santiago 3:1).

Reconozco que otros han planteado estas preocupaciones en el pasado, pero las definiciones erróneas siguen siendo abundantes y, a menudo, se descartan como hábitos inofensivos. Es cierto que un mero cambio en la forma en que usamos las palabras no es la bala de plata (el remedio final), pero es un paso importante si realmente deseamos trabajar hacia una mayor salud y eficacia en la Iglesia.

¿Qué es un ministro?

Efesios 4 explícitamente enseña que cada miembro de la familia de Dios está llamado a servir (ministrar) unos a otros para la edificación del cuerpo de Cristo. Te animo a estudiar ese pasaje en oración junto con Romanos 12; 1 Corintios 12 y 1 Pedro 4:10-11. ¿Hay algo en estos pasajes que sugiera que no todos los creyentes están llamados al ministerio? Entonces, ¿por qué seguiríamos prestando atención a la distinción tradicional que comunica un paradigma totalmente no bíblico? Si bien es cierto que muchas iglesias ya no usan el término "ministro", el uso omnipresente de la frase "ministerio de tiempo completo" para referirse exclusivamente a aquellos que desempeñan funciones vocacionales en la Iglesia, demuestra que esto sigue siendo un tema que vale la pena abordar.

¿Qué es la iglesia?

Las Escrituras ordenan a los creyentes que se reúnan regularmente para animarse unos a otros (Hebreos 10:27). En Hechos 2:42, observamos que los creyentes "se dedicaron a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración". Sin embargo, estas reuniones no son simplemente lo que es la Iglesia, sino que están formadas de la gente que es la Iglesia (1 Corintios 1:2). Nosotros somos la Iglesia. Somos una hermandad comprada con sangre, hijos e hijas del Padre. Somos el cuerpo del Rey Mesías; sus manos y pies en un mundo quebrantado. Somos un templo vivo, que respira, animado y capacitado por el Espíritu Santo. Esto es verdad todos los días y se muestra visiblemente en la medida en la que nos reunimos, soportamos las cargas los unos de los otros y vivimos como una comunidad enviada al mundo pero no del mundo.

Cuando nos referimos a un edificio físico como la Iglesia, corremos el peligro de disminuir la asombrosa realidad de que la gloria del Dios Todopoderoso, la gloria que habitaba en el Templo de Salomón, ahora mora en nosotros.

Cuando nos referimos a un edificio físico como la Iglesia, corremos el peligro de disminuir la asombrosa realidad de que la gloria del Dios Todopoderoso, la gloria que habitaba en el Templo de Salomón, ahora mora en nosotros.

Cuando vemos principalmente a una organización o al personal que la dirige como la Iglesia, corremos el riesgo de crear una falsa dicotomía en la mente de la familia de Dios.

Cuando transmitimos que la Iglesia es simplemente una reunión o un culto, socavamos el señorío de Jesús que todo lo abarca. Toda la vida debería ser vivida para él, y con un compromiso con su pueblo como nuestra propia familia, porque según Jesús, realmente lo somos (Lucas 8:21). ¿Crees eso?

¿Quién es un misionero?

Para ser claros, nosotros, como Iglesia, debemos estar apasionadamente comprometidos a enviar trabajadores a regiones lejanas, pero cuando solo hablamos de misioneros como aquellos que cruzan fronteras, océanos o culturas, subvertimos la identidad misionera que también pertenece a aquellos que se quedan en casa.

"Como me enviaste al mundo, también los he enviado al mundo" (Juan 17:18). "Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén y en toda Judea y Samaria, y hasta el fin de la tierra" (Hechos 1: 8). Jesús oró para que todos nosotros fuéramos misioneros y nos envió su Espíritu para que podamos ser sus testigos. Eso debería resolverlo el malentendido. ¿No crees?

Para ser claros, nosotros, como Iglesia, debemos estar apasionadamente comprometidos a enviar trabajadores a regiones lejanas, pero cuando solo hablamos de misioneros como aquellos que cruzan fronteras, océanos o culturas, subvertimos la identidad misionera que también pertenece a aquellos que se quedan en casa.

¿Misiones o misión?

¿Por qué soltar la "s"? ¿Estoy tratando de ser muy “cool” y seguir las últimas tendencias? Espero que no. La razón es teológica. Hay un solo Dios, y ese Dios tiene una sola misión. No dos o tres, sino una misión, única y gloriosa: reconciliar todas las cosas con él mismo a través de su Hijo, Jesucristo (Colosenses 1:20). Es esta misión singular por la que Jesús fue enviado a la cruz, y es esta misma misión en la que ahora participamos como su cuerpo fortalecidos por su Espíritu (Juan 20:21). Es sobre la base de su muerte y resurrección, que proclamamos el evangelio para que la plena aplicación de su propósito misional pueda realizarse en la salvación de personas de todos los idiomas, tribus y naciones.

Las misiones pueden convertirse en algo que nosotros iniciamos. La misión es algo que Dios inició antes de que comenzara el tiempo. Las misiones pueden perder su enfoque. La misión es dirigida por Dios y será cumplida por su Espíritu en su Iglesia (Mateo 16:18). Sin lugar a dudas, muchos de los que participan en "misiones" están participando en la Misión de Dios, pero sigo pensando que vale la pena considerar un cambio en nuestro lenguaje.

¿Qué es el evangelismo?

Si la Iglesia es un evento semanal y no tanto una identidad que se vive diariamente, entonces ese mismo enfoque segmentado probablemente se aplicará a nuestra comprensión del evangelismo.

No deberíamos sorprendernos si nuestras definiciones distorsionadas de Iglesia y misión contribuyen a una visión disfuncional de otras creencias y prácticas. Una de ellas es el evangelismo. Si la Iglesia es un evento semanal y no tanto una identidad que se vive diariamente, entonces ese mismo enfoque segmentado probablemente se aplicará a nuestra comprensión del evangelismo. ¿Podría ser esta una de las razones por las que la mayoría de los cristianos no comparten con mucha frecuencia el evangelio con aquellos que están perdidos? Si los ministros son esos súper cristianos, que suben al escenario los domingos, ¿no tendría sentido simplemente invitar a los incrédulos a que los escuchen y hacer el gusto del consumidor el objetivo principal de nuestras reuniones? Si los misioneros son solo personas que cruzan las fronteras, entonces, siempre y cuando de dinero a las "misiones" no tengo que vivir en una misión en mi vecindario, trabajo, escuela.

Conclusión

Adoptar el contexto más bíblico para estas palabras realmente hace una diferencia. Personalmente he sido testigo de esto y lo he experimentado en mi propia familia y en la iglesia local. Mi aliento es que nos abstengamos de usar el lenguaje simplemente porque es fácil y familiar, o está de moda, y que permitamos que las Escrituras nos proporcionen el contexto adecuado para nuestras palabras. Si no podemos encontrar enseñanzas explícitas en la Palabra de Dios, al menos, deberíamos usar términos y definiciones que no comprometan todo el alcance y la belleza de la revelación divina. Aquellos de nosotros que enseñamos, especialmente a la luz de Santiago 3:1, debemos preguntarnos qué es lo que comunicamos por el contexto que brindamos a estas palabras, y estar dispuestos a adaptar nuestro idioma independientemente de si sea conveniente o no. Entonces, algún día, cuando el creyente promedio oye a un amigo que dice: "Estamos pintando la Iglesia este fin de semana," sonará tan extraño como si hubiera dicho: "Estamos pintando a nuestra familia ..."